If you give me a minute
A man's got a limit
You can't get a life if your heart's not in it
Oasis “the importance of being idle”
Sabía que encontrar trabajo no íba a ser fácil en una ciudad como Monterrey pero no me imagine hasta qué punto. Mis motivos para radicar en esta ciudad son sentimentales y más vale ahorrárselos, baste decir que tienen que ver (¡oh dios¡ ) con el amor de una mujer y creo que es suficiente; quienes hayan sido asaltados por la infatuación alguna vez en su vida lo comprenderán. Me llevó meses encontrar ese empleo como cocinero en un restaurante argentino; no soy fan de la comida argentina, me parece que es insulsa, pero eso no importa; ahora finalmente tenía un trabajo y estaba agradecido con las personas que me ayudaron a obtenerlo. Desgraciademente no era con ellas con quienes trabajaría, en el recién inaugurado lugar los puestos de la cocina eran ocupados, en su mayoria, por jovenes estudiantes, algunos de ellos recien graduados. No tengo nada contra ellos, eran buenos compañeros, pero algunos son, operativamente hablando, una nulidad y muchos de ellos están buscando ser el próximo Enrique Olvera, lo cual no me importaba mucho. Desde que entré me dí a la tarea de hacer el trabajo que me tocaba y fingír que alrededor mío no pasaba nada. Tengo 20 años trabajando como cocinero y creánme que no es nada fácil recibir ordenes de gente incompetente; no es un asunto de humildad o autoestima, el problema no es recibirlas, sino la forma en que son dadas. A momentos pareciera que estas recibiendo instrucciones del mismisimo Werner Heisenberg explicándote el principio de incertidumbre, y cuando lo que te estan pidiendo es que abras una lata de puré de tomate o hagas un puré de papa instantáneo la situación se torna realmente ridícula. No mames, los ves ahí, impecablemente vestidos, con filipinas de colores con banderitas en el cuello y sin el menor asomo de humildad en sus ojos. No los culpo, no fueron educados para ser humildes, no pagaron el dineral que suelen cobrar en ICUM por la carrera para salir a recibir ordenes; no señor, salieron para darlas. Les metieron la idea de que iban a salir siendo chefs pero lo unico que tienen de eso es la inmaculada filipina; en sus manos no hay rastros de quemaduras o cortadas. Claro que no es necesario tenerlas, no es necesariamente una señal de eficiencia, yo me he hecho muchas, supongo que por imbécil. Estos chavos creen que es facil; en la tele se ve cool un tipo con filipina explicando necedades que entre mas extravagantes mejor: aires, espumas, cocina molecular, etcétera. Saben mucho de esas cosas pero cuando se trata de hacer un mole, trastabillean. No niego por supuesto el valor de esas cosas, pero creo que se han olvidado un poco las bases y principios.
Dios juega a los dados, la vida los situó en ese lugar y en ese tiempo, lo malo es que ahí estoy yo con ellos poniendo cara de pendejo recibiendo ordenes ridiculas, ¿no habría manera de que fuera de otro modo? Pues no, asi era, yo no estudie en una escuela, pero se perfectamente que una sopa o una crema la puedes llevar a un nivel mucho mas alto con unos pocos y baratos ingredientes sin necesidad de recurrir a abrir una lata y dar ese sabor tan estandarizado que tienen los restaurantes en cadena. No estoy en contra de eso, se que las cosas así funcionan en el mundo de las empresas y todo obedece a intereses de capital, estoy en contra del hecho de que te lo digan como si se tratara de una verdad absoluta y no existiera nada mas que esa forma de hacer las cosas. En verdad que la filipina se ha abaratado, no es el orden correcto de las cosas que un chef tenga 27 años, la edad no es el problema sino la nula experiencia. Recuerdo que antes los chefs eran gentes con mas edad y uno confiaba en que estaba recibiendo órdenes de un experto, no importaba que te dijera que eras un pendejo, sabias que si hacías las cosas como te las indicaban estarías en lo correcto, tenían la autoridad. Ahora, en ese lugar la situacion era distinta; el que daba las ordenes era un graduado del ICUM llamado Rodrigo Rivera. De rostro rosado y ojos azules, no dudaba en tronarte los dedos si un servicio se atrasaba, cosa que era en parte por el pésimo diseño de la cocina de cuya autoría se jactaba. Le oí decir algunas veces que la cocina de El Diego era la mejor diseñada, ¡mamadas! Es una porquería dónde no es posible trabajar con la fluidez necesaría: los pasillos son cortos y hacen un cuello de botella. Yo trabajaba en la cocina fría, de ahí tambien salían los postres, algunos de los cuales llevaban una bola de helado, así que cuando a alguno de esos cabrones se le ocurría ponerse a cantar comandas uno tenía que ir hecho la madre a la cámara fría porque a los genios diseñadores no se les había ocurrido poner un congelador cérca del mínimo espacio que destinaron para la mesa fria. En medio de la camotiza pasaba entre los cocineros corriendo y diciendo ¡voy atrás! a los pendejos que estorbaban cantando las comandas; con varios pedidos pendientes que inevitablemente dejaba de lado para atender el pedido del postre y como consecuencia, algunos se atrasaban y entonces venia el grito eficazmente dado que me lo recordaba; la impotencia me invadia, tenía que pedirle a la mismísima virgen de guadalupe la paciencia suficiente para no mandarlos a chingar a su madre y regresar inevitablemente a la calle a buscar trabajo lléndo a entrevistas con tán solo un café y un sandwich del oxxo en el estómago.
Me sentia como una res en el matadero, tal vez exagero, lo se. Era un sentimiento absurdo; tener 20 años cocinando y el haber dirigido algunas cocinas pesaba mucho sobre mí, no encontraba el equilibrio emocional que requería, cada día era un triunfo lograr salir el turno. El chef de turno, del cuál ignoro si tambien era graduado, cubría su inseguridad con un despotismo tenáz y no contestaba cuando uno lo saludaba en las mañanas. De alguna forma esas cosas hacen mella en el estado de ánimo, sobre todo cuando me llamaban la atención por cosas que no tenían sentido y que múy a menudo no eran culpa mía, ni de nadie de mis compañeros. Entre ellos muy seguido escuchaba quejas de que los habían regañado injustamente, yo sabía perfectamente que ese tipo de reprimendas solo eran dadas para justificar su puesto, tratando de imponer quizás el miedo antes que el respeto. Claro, el jefe tiene la última palabra y si ésta es emitida a gritos logra perturbarte en cierto sentido. Recuerdo haber ido conduciendo por la avenida Morones Prieto, con un calor de la chingada de 40 grados pensando en lo que estaba haciendo mientras escuchaba the importance of being idle, de oasis; creí en ese momento, y sigo creyendolo ahora, que estaba en lo correcto. Había una razón para estarlo haciendo y esa razón me esperaba todas las tardes en casa, escuchar su voz, su charla, su sonrisa ¿Qué más puedo decír? Con tán solo mirarla se me olvidaba lo que había ocurrido durante el día. La gente tiene la comida en frente suyo en los restaurantes pero ignoran lo que hay detrás de cada pinche plato. No tienen porque saberlo, claro; de la misma forma uno ve la carne impecablemente empaquetada en el HEB y no se pregunta si detrás de ese paquete hay un un charco de sangre, un monton de huesos y la piel de una vaca con las cuencas de los ojos vacías que te miran desde muy profundamente; en el restaurante el mesero te lo lleva, pero no solo te lleva la comida, va tambien la frustracion, el sudor, la intemperie emocional de quien lo preparó y en algunos casos, ¿porqué no?, también el gusto y la alegría de alguien que recién se ha casado, o ha nacido su primer hijo o simplemente está felíz porque los rayados ganaron.
Simplemente así eran las cosas. Hay cierta dósis de dolor en ello, en aceptarlo: estabamos compartiendo este espacio y este tiempo, todos quizás en el lugar que nos correspondía estar, algunos pensando en que tal vez pronto estarían en la TV como Enrique Olvera y yo esperando que la tarde cayera para refugiarme en casa, leer algunas paginas, fumar un cigarro mirando las insomnes montañas del cañón de la Huasteca y platicar con mi mujer, que siempre tenía algo interesante que decirme. Las horas que transcurrian antes de esos esperados momentos eran un caleídoscopio de sentimientos encontrados en los cuales habia de todo; impotencia, humillación, ansiedad, la sensación de verte vigilado con cámaras en el techo para que no te comieras nada, el que revisaran tu mochila al salir para asegurarse de que no te robabas nada, bueno, a algunos les gusta robar y supongo que todos perdemos con eso, pero había algo muy hostíl en el ambiente, una desorganización y una inseguridad que permeaban todo. Algunas veces creí que era mi aprehensión la que me hacía ver las cosas así, pero eso se desvanecía cuando escuchaba a mis compañeros hablar de tribulaciones parecidas entre ellos, y a veces conmigo también. No suelo ser muy sociable, pero habia varios compañeros con los que valía la pena hablar; con el sub chef, a quien apodaban Lucas, era un gran tipo, humilde en su actitud, graduado de una escuela de la cuál no recuerdo el nombre pero que por supuesto no es el ICUM. Asimismo habia dos compañeras de nombre Jessy y Julia que aliviaban un poco la tensión.
No culpo a nadie de mi suerte, uno hace lo que tiene que hacer por las razones que uno considera válidas.
Alguna vez leí a Nietszche. De entre las pocas cosas que pude entenderle fue que aquello que se hace por amor está siempre más allá del bien y el mal. ¿Tendrá razon? Digo, es Nietszche, ¿no?
Héctor Mora Pacheco
sábado, 27 de febrero de 2010
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A mi siempre me pasa eso, en lugar donde llego a Hacer algo y hasta me siento mas bien desperdiciado pero me pasa al ravéz me ordena gente que tiene resentimiento y banda q ni siquiera estudio en lo que se supone que "trabaja" ambos frentes siempre cavan y merman lo más importante que tiene una empresa que es el lado humano.
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